Muchas veces me lo pregunto... ¿habré madurado o es que estoy demasiado ocupada para odiarme?
La obsesión por el aspecto personal es bochornosamente adolescente. Hace ya bastante tiempo asumí que la belleza es totalmente subjetiva y que el modo en que yo me veo a mi misma no coincide con cómo te ven los demás (¡Alabado sea Dios!). Reconozcámoslo, detestarse a uno mismo es agotador... Resta una cantidad de energía muy importante, sin contar las horas que uno malgasta observándo sus "imperfecciones" ante el espejo (creedme, sé de lo que hablo, cargo sobre mis espaldas un terrible pasado de pija insoportable).
Cuando teníamos en torno a 16-20 años, mis amigas y yo compartíamos nuestros sufrimientos ante el maquiavélico cristal. Recuerdo a mi amiga "Patry" (sólo eras mona si tu nombre acababa en "y") relatando amargamente lo desdichada que se sentía ante la asimetría de sus orejas. Y yo la comprendía. Y ella cada noche dormía con un esparadrapo desde su "oreja salida" hasta el cuello. Y yo la apoyaba. (¿Cómo podía ser tan cabrona?)
Mi amiga "Fanny" (algunos ya la conocéis un poco) saltaba grácilmente de un complejo obsesivo a otro. Y sigue haciendolo. Solo que ahora, como gana mucha pasta, en vez de amargarse observando su reflejo se ha comprado lentillas de colores, mechones de pelo, relleno de labios y tetas nuevas.
Acerca de los defectos de "Tammy" (nótese el detalle duplicación de consonante. Super-posh) sería interminable escribir ya que abarcan todo su ser pero por estar de actualidad, citaremos sus piernas.
Precisamente hoy he aburrido soberanamente a la mía mamma con un discurso lamentable titulado: "Mis piernas no están simétricas". En él se trataban temas de interés tan candente como -la izquierda parece de Arantxa Sánchez-Vicario, la derecha es de Anita Obregón -. Tras media hora de tortura, ha suspirado y me ha dicho:
- Al menos tienes dos piernas.
Y tiene toda la razón.